Vivimos en la época de los apocalipsis anunciados: el colapso climático, el fin de la democracia, el hundimiento de Occidente. Es muy fácil escuchar hablar del «fin del mundo» como amenaza futura, el apocalipsis como castigo por venir.
Pero este discurso es, una vez más, expresión de la mirada eurocéntrica.
La modernidad tiene una memoria muy selectiva. Olvida con facilidad que ella misma se construyó sobre la destrucción sistemática de mundos que no cabían en su orden: genocidios, epistemicidios, arrasamiento de visiones, saberes, lenguas, formas de existir y de vincularse que fueron declaradas inferiores, peligrosas o simplemente invisibles. El apocalipsis no es una amenaza que se cierne sobre el horizonte: es el pasado incómodo hacia donde no queremos mirar. Es el nombre de lo que ya le ocurrió (y sigue ocurriendo) a todas las poblaciones que la razón colonial decidió que sobraban: las racializadas, las indígenas, las trans*, las pobres, las femininas. Para ellas, el fin del mundo no es una metáfora.
Ese pasado destructor no ha terminado. Se sigue reproduciendo en los sistemas administrativos que deciden quién existe legalmente y quién no: una forma de destrucción de mundos cotidiana, burocrática, diseñada para parecer neutral.
Hoy en España se vive la regularización extraordinaria, donde miles de personas podrán, por fin, contar con la dignidad que significa acceder a servicios, tener un trabajo regulado, ser reconocides como les ciudadanes que son y que somos. Sin embargo, la administración pública ha demostrado, una vez más, su escasa voluntad de hacer de este proceso algo ágil y accesible. Son cada vez más las trabas que obstaculizan lo que debería ser un derecho. La burocracia también es un dispositivo de la colonialidad, decide quién existe legalmente, quién puede trabajar, moverse, acceder a una vivienda, tener futuro.
Ante esto, somos las organizaciones civiles, las mujeres, las migrantes, las disidencias, quienes estamos poniendo el cuerpo para acompañar y sostener a las miles de personas que necesitan sus papeles.
Como siempre: donde el Estado falla, la comunidad inventa sus propios remedios.
La destrucción nunca pudo con la resistencia. Aunque intenten aniquilarnos, hay saberes, hay prácticas, hay cuidados que encuentran su forma de continuar existiendo en nosotres.
Y es desde ahí que nombramos lo que sí debe ser destruido: ese mundo ordenado por la supremacía blanca, normalizado por la cisgeneridad como ideal regulatorio, gobernado por el silenciamiento de lo femenino, reproducido por la heteronormatividad y actualizado cotidianamente por la colonialidad del poder. El fin de ese mundo, el apocalipsis de esa estructura, es una demanda necesaria, razonable y urgente.
Queremos recuperar y transmitir los saberes que sobrevivieron al intento de aniquilación. Crear espacios para experimentar otras formas de hacer, de existir, de resistir la violencia diaria que intenta silenciar nuestras voces. Remedios caseros, sí, porque el sistema no nos va a curar, y llevamos siglos aprendiendo a cuidarnos solas.
Escrito por Verónica desde La Creatura, [Red]Productora transfeminista
